Maravillas Turísticas de Chile
En Kayak de Mar por el Parque Pumalin
Se puede leer, buscando realismo mágico,
a García Márquez. O se puede ir a la magia real de
los fiordos de la Patagonia chilena. Porque allí no es necesario
ser poeta ni escritor: la naturaleza impregna el alma con su magia
real, tangible y misteriosa. El mar cambia de color, de brillo y
de transparencia, y el viento que nace al medio día lo hace
complicar un poco el control de la nave.
Oigo la voz firme de
nuestro instructor, que va en otro kayak vigilando el progreso del
grupo de nuevos navegantes mientras se adentran en el mar rumbo
al primer fiordo, Quintupeo. Atrás quedó la increíble
maniobra de cargar varios cientos de kilos de equipo y alimento
para cuatro personas, para cubrir las necesidades de cinco o diez
días de viaje, en previsión del cambiante clima de
la zona más lluviosa de Chile. Tres horas de empacar las
carpas y utensilios, hermetizando ropas, sacos de dormir y comida,
ocupando hasta el más ínfimo espacio en el casco de
los esbeltos kayaks, precedieron al inicio de la navegación
por ese mar azul con rizos blancos, que fue llenando la costa rocosa
poblada de bosque incomparable en variedad y majestuosidad.
Pasada la primera hora de remar, el viento hace que el mar, de
color turquesa ahora, nos empuje por la popa haciendo surfear nuestros
kayaks. Finalmente llegamos a un sitio propicio para encallar las
naves, levantarlas en vilo para ponerlas a salvo de alzas de marea
y, luego, descargarlas para armar campamento. El cielo se ha cargado
de nubes, así es que levantamos deprisa las carpas y el toldo,
mientras los truenos proclaman el chubasco que se avecina. Todo
queda armado a tiempo, por lo que cenamos mientras llueve torrencialmente
y, entre bromas y cuentos, nos preparamos a descansar. Antes, una
mirada al mar. Como por arte de magia se ha ido del todo, dejando
el rastro del río que refleja las luces del atardecer mientras
se escurre hacia el oeste, en medio de un húmedo desierto
de arena y piedras. Los kayaks están, a esta hora, a cuadras
del agua.
Rumbo a Cahuelmó
De madrugada, aún a oscuras, apuramos un contundente desayuno
para iniciar el acondicionamiento de los kayaks. La maniobra es
más precisa; los movimientos, más eficaces y las decisiones,
más certeras. Hemos reducido el tiempo de carga y podremos
navegar por un mar espejo que, a las 8:00, ha vuelto a acercarse
hasta los timones. Uno a uno vamos sentándonos en la correspondiente
escotilla, ajustando nuestros faldones, previa verificación
de que todo está firme y balanceado. Y ¡a remar!, rítmica
y gozosamente, viendo la proa surcar el mar, aún opaco por
la bruma del amanecer.
Nos espera una aventura más dura: debemos avanzar 25 km.
buscando eludir el viento sur que, esta vez, será más
recio y hará al mar también más severo, debido
al influjo del régimen meteorológico del Golfo de
Ancud. Eso implicará una alta probabilidad de fuerte viento
por estribor durante un par de kilómetros, posible marejada
y sólo un punto muy estrecho de playa pedregosa donde refugiarse,
más o menos a mitad del trayecto. Allí esperaremos
que la marea alcance su máximo para poder navegar hasta el
fondo mismo del próximo fiordo: Cahuelmó.
La estancia de pocas horas en la pequeña playa nos permite
disfrutar de la belleza incomparable de los chilcos cubiertos de
flores rojas y púrpuras, los enormes ulmos nevados de grandes
flores, las misteriosas calillas de corazón rojo rutilante
adheridas a los troncos y rocas de entrada a lóbregas cavernas,
los millares de flores de los arrayanes, las enormes hojas verde
claro de las nalcas y su curiosa columna floral, y la variedad de
cantos rodados que constituyen la playa, como ejemplares de la enorme
diversidad de materiales geológicos de esta zona castigada
por cataclismos quizás cuántas veces en el tiempo.
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La tarde avanza y ya es hora de volver al mar, un poco más
movido pero con una promesa de sol insinuándose en la luz
ambiental. Este aparece en el momento de enfrentar la boca del fiordo
Cahuelmó, donde una colonia de lobos marinos , algunos cercanos
a la media tonelada de peso, rugen advertencias que desoímos
para tenerlos al alcance de nuestra curiosidad. Inician su escapada
lanzándose en tumulto progresivo al mar, en el que se sumergen
con la elegancia de un clavadista para luego asomar sus enormes
cabezas por aquí o allá. La brisa sur, ahora de popa,
nos sugiere improvisar una vela de plástico que, los tres
kayaks aferrados, nos hace avanzar sin remar, a considerable velocidad,
hacia el fondo que se ilumina cada vez más por el sol, mientras
la marea llena la cuenca lo suficiente como para rebasar nuestro
punto de destino -las termas calientes de Cahuelmó- y explorar
los rápidos del río que viene desde la laguna Abascal.
Volvemos río abajo, sacamos los kayaks y trasladamos la carga
hasta el lugar de campamento, no sin antes subir las naves a sitio
seguro.
Solos en las termas
Para acampar elegimos el interior del bosque, perfumado a arrayanes,
protegido de vientos y al borde de la única fuente de agua
dulce, escasa por la larga sequía que afecta la región.
No hace frío. De hecho, no lo hemos sentido. El aire es fresco
por el perfume a cortezas, flores y la brisa filtrada por el follaje
de los enormes coihues, canelos, olivillos y laureles, bajo los
cuales medran lumas, tepús, arrayanes y tepas . Musgos gris-celeste
cuelgan de las ramas bajas de este bosque, a la vez que rojas medallitas
y coicopihues adornan las horcajas de los más cercanos al
curso de agua. No hay quila; el área es despejada y permite
disfrutar de la belleza del bosque de troncos y matorrales floridos.
Entre bromas y dichos, mientras nuestro instructor prepara otra
de sus suculentas cenas, siempre precedidas por un "picoteo",
aprovechamos para disfrutar de las termas, ya sin los visitantes
que, en lanchas, han venido desde lejos a bañarse en estas
aguas ligeramente sulfurosas. La tarde está despejada; el
cielo azul y los riscos de la cordillera, grises y abruptos, lucen
su impresionante diseño y altura que sólo permiten
vegetación en el tercio inferior. Vuelan cóndores
allá muy arriba, mientras acá cerca, sobre una rama
alta de coihue, un traro devora una pequeño animalillo. Un
par de confianzudos y desaprensivos hued-hued , con su tenida café
rojiza y sus negras cabezas, escarban la gravilla vecina al quincho
donde cenaremos.
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A medida que oscurece, las cantáridas inician sus incesante
diálogos, escondidas entre chilcos y nalcas enormes. Algunas
vuelan y una, de cobre y bronce bruñidos, se estrella contra
mi ojo derecho, afortunadamente sin consecuencias. La luna está
en creciente, las estrellas brillan como en pocos lugares y, una
vez más, el mar se ha ido dejando sólo charcos que
brillan débilmente gracias a los restos de claridad del atardecer.
Cenamos y nos vamos a nuestras carpas. En la oscuridad, como sorpresa
especial, advertimos el silencioso e intermitente lenguaje de lo
que parecen ser luciérnagas, pero que resultan ser gusanos
de luz.
Dormimos hasta las 8:00, hora de levantarse, tomar el generoso
desayuno y aprovechar la baja del mar para cruzar el río
y encaminarnos hacia la laguna Abascal, a unas dos horas y media
de camino a través del tupido bosque. Allí ocurre
aquello tan peculiar en este tipo de incursiones: pareciera que
basta poder asir una ramita, que en ningún caso nos sostendría,
para que nuestro equilibrio sobre el tronco se consolide y podamos
sortear el largo tramo suspendidos sobre el agua o el fango.
Programa preciso
Además de los permanentes gritos de advertencia de los chucaos
, el bosque depara sorpresas de todo tipo: saltos, subidas, bajadas,
pasadas muy angostas o muy bajas, troncos y raíces que ayudan
o dificultan la marcha. Sin prisa, se pueden admirar los coicopihues,
estrellitas del bosque y botellitas que adornan los enormes troncos
húmedos.
En una prueba de esfuerzo, llegamos a laguna Abascal, tranquila,
rodeada de bosque. El día, que amaneció nublado, comienza
a mancharse de azul hasta que, al regresar, el sol hace la jornada
de vuelta más calurosa y húmeda. Volvemos a vadear
el río, ahora un poco más profundo por el inicio de
la pleamar. Pero no hay dificultades mayores cuando atravesamos
los rápidos haciendo una "araña" de cuatro
tomados por los hombros, una manera segura y tranquila de sortear
los resbalosos bolones del lecho de este río que luego será
mar.
El resto de la tarde descansamos, planeando el día siguiente.
Con el programa de ida completo sin contratiempos, es hora de estrechar
lazos de amistad, comentar las experiencias del viaje y esbozar
nuevos proyectos.
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El viaje de vuelta, calculado para eludir el viento y aprovechar
las mareas, se inicia a las 4.00 para estar navegando a las 7.00
con la madrugada cubierta por un estrato bajo de neblina que casi
oculta el bosque. Iniciamos la remada con calma total. La travesía
es sin escalas hasta el punto de inicio de esta aventura, con mar
levemente rizada por una brisa sur-oeste que no alcanza a provocar
problemas y terminamos la navegación en un tiempo algo menor
que el previsto.
En el trayecto nos cruzamos con un par de muchachos en kayaks de
fibra de vidrio, sin equipo apropiado. Pensamos en nuestro soporte
de seguridad, radio de banda marina, GPS, tablas de mareas, mapas
y cartas náuticas, bombas de achique, equipo volcamiento,
salvavidas de seguridad, bengalas, en fin.
Antes de partir:
En la oficina y previo al viaje nos reunimos para planificar
todos los detalles que involucran un viaje a una zona climáticamente
muy variable, donde hay muy pocas playas para acampar, donde predominan
los acantilados y en la cual el conocimiento del efecto de las mareas
es fundamental. Así cada participante conocería todos
los detalles de una expedición que viajaría en forma
autosuficiente, esto es, todos los equipos requeridos, de campamento,
cocina, nuestra ropa, y la comida para toda la expedición
deberían viajar con nosotros dentro de los kayaks.
Pudimos apreciar a través del análisis de los mapas
y cartas la zona que navegaríamos y también de los
peligros potenciales que existían. Justamente ese era el
tema que más consideramos..... Para esto nuestro guía nos comentó
la importancia de utilizar la vestimenta adecuada, de contemplar
una alimentación que nos permitiera recuperar nuestra energías,
ya que muy posiblemente tendríamos que remar con lluvia,
con viento, o incluso de noche para privilegiar un mar más
calmo. Pero lo que más nos otorgó confianza fue la
práctica de maniobras de rescate y técnicas de remado
y avance que nos enseñaron antes de partir. Teníamos
claro que estábamos viajando con gente experimentada en el
tema y que ahora nuestro grupo sabría como reaccionar ante
las eventualidades. Quedaba muy claro.......solo nos desplazaríamos
si el clima lo permitía y si el grupo estaba en condiciones
de hacerlo.
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Habíamos elegido la opción de viajar self-supported
o en forma autosuficiente ya que queríamos experimentar lo
que significa realmente un viaje en kayak de mar..... el ser protagonistas
absolutos de cada una de las etapas del viaje, el sentir que estamos
vivos ante cada remada, el demostrarnos a nosotros mismos que podíamos
hacerlo.
Esa primera mañana frente al Fiordo Comau nuestro guía
realizo un completo repaso de la logística, del día
a día, de las alternativas de evacuación que teníamos,
de cómo se utilizaba la radio y bengalas, de los puntos donde
existía la posibilidad de acampar, y también, una
a una las maniobras de rescate y avance. Por ejemplo teníamos
señales realizadas con las manos para agruparse si las condiciones
cambiasen drásticamente, otras para comunicarse ya que con
el viento la voz no se oiría aun cuando estuviéramos
muy juntos.... Volvimos a revisar nuestros kayaks, nuestras botellas
de agua, los mapas y equipos de rescate a mano, nuestros salvavidas
bien ajustados.......estábamos listos.
Recomendaciones:
- Planificar muy bien los sitios de campamento ya que predominan
sectores acantilados. Agua para beber en abundancia. Considerar
el efecto de las mareas y vientos cambiantes, principalmente los
del norte.
- Equipamiento para hermetizar comida y ropa
- Vestuario en base a polipropileno y resistencia al agua (Polartec-
Luggage, Helly-Hansen).
- Carpas pequeñas (2 personas) , bajas, resistentes a lluvia
con viento, varillas aluminio (mod. Himalaya-DOITE, mod. Attack-HANNAH)
y, fundamental un toldo o Tarp (Taller KAWESHKAR).
- Tablas de Marea, Mapas topográficos para Puerto Montt
y reloj Casio SEAPATHFINDER (tiene las mareas, brújula,
barómetro)
- Radio Bandamarina ICOM y Botiquín Primeros Auxilios para
Areas Remotas (vital)
- EXPERIENCIA en viajes en kayak de mar en forma autosuficiente
(criterios de navegación). y conocimientos de PRIMEROS
AUXILIOS para áreas remotas .
Se dice por ahí que " en el mar se aprende a rezar
" .
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Agradecimientos muy especiales a don Lucas Maldonado y su señora,
Nora, por permitirnos conocer parte de su maravilloso mundo del
sur.
Texto Dr. Patricio Herrera L
Para
más información visite Parque
Pumalin
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